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Ying Yang

Sin límites y eternos.



El tiempo, esa medida tan estúpida como necesaria, no tiene cuenta cuando la manos recorren el silencio de la piel y el ritmo incondicional del no estar y ser, sólo ser.
La inteligencia, esa condición tan profunda en la extremada naturaleza que une, nos une y alimenta. No tiene satisfacción ninguna en la física corporal del calor de la saliva dibujando garabatos líricos en el sudor de los poros.
El camino, el recorrido, la historia.
La huella de nuestro pasos o la histeria que se acomodó en los rincones más nuestros, tan nuestros; son memorias borradas de emociones y sentimientos que sólo tiene adjetivos que nos recuerdan el sentimiento de un participio de un verbo.

Tenemos un caudal incondicional de tiempos muertos que fluyen por los ríos de nuestros canales que nos dan el infinito, la unión, la posibilidad más allá de toda duda y la certeza absoluta de la condición que nutre, que nos nutre la única verdad.

Nunca fuimos un fruto de una imaginación, ni un bálsamo trasparente de un placer imaginado. Fuimos, porque somos. 
Carne, poder y amor. 
Dolor, soledad y ternura. 
Percusión, incontinencia y orgasmo. 
Duda, verdad y muerte.

Política extrema de organismos vivos queriendo sobrevivir, quisimos sobrevivir en trozos de nada que justificaron  nuestras existencias soñándonos vivos y sabiéndonos muertos.

Letras y letras y más letras con sus músicas.
Difusas sobresaliendo de nuestros cuerpos rozando metal y latiendo en pellejos curtidos de años tras momento, de años tras circunstancia, de años tras sexos follados de necesidad animal e in-lógica química.


Es pequeño el mundo, cuando la mirada se pierde en el límite de la pantalla. E infinito y transparente en el reflejo del brillo de unas pupilas.


Las únicas que han sido, son. Una auténtica verdad.




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UFS: Unión de Folladores Salvajes.
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Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse.
En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.
Mario Benedetti

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