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Ying Yang

Silencio conjugado.

Era sencillo y fácil sentarse en una silla y dejar pasar el tiempo. Lo difícil era que no te doliera.
Negociaba su demora y pactaba su adelanto.
La sintaxis del error demolía poco a poco su fragancia esculpida en sueños y el....

Corazón palpita dentro de mi tórax, respiro. Miro de frente el horizonte, el que veo a través de mi ventana.

Respiro.
No quiero hablar de las nomenclaturas inciertas, ni de la acumulación de errores, ni de los ecos dormidos de mi mente.
No quiero hablar de nada, sólo guardar silencio y respirar profundamente.

Me debilito poco a poco después de tantos en tan pocos.

Miles de palabras que salieron chillando vientos y bramando tempestades recogidas en cuerpo vivo y mente prematura.
Inciertos ecos que retumbaban encogidos de fragancias putrefactas que depuran el dolor más puro que hubo y siempre existió. La soledad cierta de querer compartir sin entendimiento ninguno aquello que estaba impregnado en cada molécula viva de piel.
Ella, diosa de lo intangible. Praxis de su desdicha.
Ella, la que nunca existió y siempre estuvo.
Minutos de placer reverenciados para llegar a la conclusión más cruenta y fatal de una existencia.
Ojos de cristal y voces sin sonidos. 
Respiraciones en catapultas y sonrisas muertas.
Egos incompletos trasmutados en desolaciones.

El sol caliente y el frío corroe mis neuronas en segundos. Se desintegran. Giran el eje del mundo en grados comprensibles más allá del intenso golpe de mis caderas, buscando el jugo de tu universo y el zumo de tus pupilas.
Y mientras todo ello ocurre el mundo se percibe en una eternidad infinita y carente de medida...
Nada existe, más allá de su práctica, de la sombra más real  que me persigue, de aquello que siempre existió en las penínsulas de mi cabeza cosidas a capilares en el pálpito de mi razón.

No hay verdad más absoluta.









 

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UFS: Unión de Folladores Salvajes.
Ufs: Unilateral fusión de sensaciones.

Su amor no era sencillo

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse.
En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.
Mario Benedetti

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