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Ying Yang

La inercia y la suma de las cosas.

Las palabras no decían lo que quería contar y dejó de escribir. Respirar le costaba pero no podía dejar de hacerlo y se acostumbro a ese medio existir.
Se despertaba, tomaba conciencia de su cuerpo y sólo tenía que dejarse llevar. 
La inercia. Y la suma de esas otras cosas. La piel anónima de un buen amante, o de aquellos repetidos, las lecturas, las conjeturas, el cielo arriba y la tierra abajo. Y la mierda corrosiva de sus adentros que podía dejar pasar entre sus orgasmos y su triste mirada a todo lo que le rodeaba. 
Todo lo que le rodeaba. Cínico, estúpido e insuficiente.

A pesar de, nunca daba todo por perdido, había demasiado orgullo en sus adentros para dar por bueno a aquél estado deficiente. 
El malestar estaba definido en concretos, demasiados concretos para poderlos eliminar.

Las babas que impregnaban su cuerpo de día le parecían veneno de noche o al revés.  Daba lo mismo, es que todo daba lo mismo. Era triste y si hurgaba patético. Todo deficiente. Demasiado intenso por minutos. Demasiado nada por espacios. Insustancial.

Echaba de menos muchas cosas pero nunca le faltaban ganas. Ese ansia de sentir más allá del entendimiento de una neurona lúcida y tres pensando. Las palabras, las palabras...dónde estaban aquellas palabras para contar lo que quería decir...y decir lo que quería contar.

Pero cuando encontró la horma de su zapato de cristal, dejó de preocuparse. La mierda compartida expresada en follados de amor, daba lucidez al asunto. 
Y algo mucho más importante. Perspectiva...
Así pues por qué escribir más sobre la pestilente existencia del vertedero de los sintiendo escondidos en la alfombrilla del ratón y de los chorros de los fluidos de su: Entre las piernas...
Todo iba a quedar dónde ella quería que estuviese. 
En su cabeza.

1 comentario:

  1. La cabeza debía tener un apartado expreso para el amor y así todo caminaría congruente.

    Saludos.

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UFS: Unión de Folladores Salvajes.
Ufs: Unilateral fusión de sensaciones.

Su amor no era sencillo

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse.
En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.
Mario Benedetti

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