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Ying Yang

La voz de la inconsciencia.

Después de doscientos tres días y dos horas y cuarto con los segundos que no dejaban de pasar, su conciencia se despertó.
Noto como la fina película que hacía de membrana de su cuerpo se desquebrajaba y con el mismo sonido que producen las pisadas en la hojarasca caída de Otoño.  
El estupor le dejo mudo, y eso que él nunca hablaba porque en las pocas ocasiones que había ejercido tal poder no le había gustado su voz, le sonaba chillona y estridente usara el idioma que usara. Se quedó mudo de mente. 
Eso jamas le sucedió desde que tuvo el uso de su razón, una razón como cualquier otra, pero a él le gustó tanto que la estaba haciendo la tesis,  qué a las ciencias ciertas no leería ni el dios.
Se levanto muy muy despacio con gran destreza en el sigilo, como en aquellos documentales donde las imágenes van a cámara hiperlenta, lo hizo tan despacio que cuando estaba de pie, el cuerpo creía que estaba todavía tumbado.
Al verse dos segundos dos veces, la mente le habló.
Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti.*
Se dirigió a la cocina bebió un vaso de agua y cogió el recogedor y la escoba.
Tardó exactamente doscientos tres días y dos horas y cuarto con los segundos que no dejaban de pasar en contar todos y cada uno de los trozos del cristal.

*F.N.
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