Se chupaban los egos babeando palabras.
Y mientras el lamía su supuesta vagina. Ella chupaba su supuesto pene en el intento de hacerse un orgasmo mental.
Y a pesar de ser hologramas sin sentidos, fluctuaban.
Su estupidez era tan tremendamente sorprendente como sus palabras.
Ella desde arriba miraba con curiosidad…serán gilipollas…y seguían y seguían …Lametazo va, lametazo viene…tenían las carnes vivas y no habían podido ni rozar la sensación esa que contaban los demás…
Uno en vez de eyacular, supuraba y la otra berreaba ante la terrible sensación de saberse poseedora de una uva pasa en vez de un rosado y fresco clítoris.
Aquellas palabras resonaban de nuevo en su cabeza “Habría que matar a todos los subnormales para que los hijos de puta no tuvieran soldados”
Eran mediocres de dos cifras que sumaron dos más dos igual a cuatro y no se dieron cuenta, pobrecitos ellos, que se habían quedado en una jodida cifra.
Buscaban el santo grial.
Y ya no tenían ni puta idea donde buscar.
Él intenta sentir el peso de sus huevos y ella el dolor de sus ovarios.
En el siguiente maxi encuentro de superdotados por los cojones, serían los ponentes.
A veces cuando les veía asomar de nuevo el cuezo, le daban ganas de darles una colleja, y escuchar, mientras daba las palmas en plan rumbita, cómo sus dientes se destrozaban contra la roca más dura, brillante y pura que siempre existió.
EL DIAMANTE.
Aunque a ella le gustaba ser llamada. Comandante Kusanagi.


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