Llovía, llovía intensamente, el día era grisáceo a pesar de ello irradiaba una luz especial, que le encantaba, tenia la certeza que un día romántico debía ser lluvioso. Y cada vez que veía llover pensaba que ese, ese día y no otro, sería él más romántico de su vida.
Bajó las escaleras lentamente, abrió el paraguas y salió calle arriba. Grandes fachadas de edificios antiguos le iban saludando a su paso. Era tarde, no importaba, habían quedado en esa tasca donde al salir de clase pasaban horas y horas hablando de la política, de filosofía y de ellos mismos, especialmente de ellos mismos. Incluso años después, trabajando, quedaban un par de veces al mes. Tenían esa necesidad, se complementaban bien. Él, el raciocinio y el conocimiento. Ella, la espontaneidad y el sentimiento, era una amistad como pocas, tenían un vínculo especial, quizás comparable a esa amistad de adolescencia, sin trabas y sobre todo sin miedos.
¿Cuanto tiempo había pasado? No era capaz de recordarlo, tampoco importaba, sólo recordaba, como quien mira una vieja fotografía, el rincón donde se sentaron, la postura indiferente de su cuerpo y sus ojos mientras decía alegremente que tenia que dar un giro a su vida y por eso se marchaba.
Realmente no pensó que llegara a marcharse. Un pensamiento de los muchos que tenía y nunca llevaba a cabo, una de esas ideas suyas, estrafalaria y excéntrica que le contaba día sí, día también. No podía ser diferente a aquella vez que le expuso, como si de un mitin se tratará, que se raparía la cabeza y dejaría únicamente él suficiente pelo como para que se pudiera leer, Paz como protesta por la matanza que días antes se había producido en un país impronunciable de África.
Por ese motivo, cuando una semana después de su último encuentro, en el rinconcillo, como decía ella cuando le preguntaba, donde se sentaban; Le dijo, dentro de dos días me voy. Su corazón dejo de palpitar unos segundos, su cara quedó tan blanca, que ella no pudo por menos de soltar una carcajada y con ese brillo especial en la mirada, decirle. Me llevarás al aeropuerto ¿verdad?
Se preguntaba, mientras caminaba, como sería ahora su cara, de que modo el tiempo habría cambiado esos rasgos que se sabía de memoria.
Cuando sonó el teléfono, no conoció la voz, como hacerlo después de 20 años. Ni siquiera le preguntó el motivo de aquel reencuentro, únicamente quería verla de nuevo. Saber que paso. Saber porque no escribió. Saber porque le excluyo de su vida. Tras múltiples intentos y ruegos escritos en largas cartas, se dio por vencido. Todo lo que empieza tiene un final, y aquel vínculo había muerto con su marcha.
La vida siguió su curso, sin grandes sobresaltos, sin complicadas ecuaciones emocionales, sin grandes sorpresas. Se casó, era lo habitual, fue tan habitual, tan corriente, que acabo divorciándose, ahora disfrutaba de la soledad añorada en tantos años de un matrimonio aburrido y sin sentido.
Sólo tenia que girar la calle para llegar aquella plaza. La plaza regia, decía ella, es majestuosa añadía. Él sólo veía una vieja plaza empedrada, llena de columnas y soportales, que pedía a gritos una rehabilitación. Ella siempre alababa a los artistas venidos a menos que se dispersaban por cualquier lugar de la plaza, haciendo caricaturas y vendiendo cuadros. Él siempre sonreía diciendo que no veía artista ninguno.
No regresó en años, era tanta la añoranza y la melancolía, que cada vez, que intentaba pasear por la zona, sentía un pellizco en su corazón. Necesitó una gran cura, de tiempo, de qué si no. Para hacerlo de nuevo.
Ahora estaba allí, esta vez por ella, después de tanto años, otra vez por ella...
Un torrente de sentimientos olvidados o enterrados. Enterrados sentenció. Fluía de lo más profundo de su ser.
Se acordaba de la excitación que le causaba, citarse en aquella pequeña pero acogedora tasca. Esperar, pagar siempre. Como las horas, siempre, se convertían en minutos, mientras ella le contaba divertida sus últimos escarceos amorosos o discutían si el actual gobierno manipulaba o no, la opinión pública.
Nunca sería suya, lo sabia con tal seguridad que ni siquiera pensaba en ello. No importaba, escucharla, mirarla, escudriñar milímetro a milímetro su cuerpo, sus ojos, sus manos, sus gestos, hacia que su corazón levitara durante días hasta el próximo encuentro.
Con el paso del tiempo, llegó la evidencia.
Era ella y sólo ella quien estaba en un halo de invisible consciencia. Y era ella y sólo ella a la única mujer que realmente había amado.
La fachada de la tasca le encandilaba, era una fachada añeja, de madera, pintada de rojo, con grandes cristales a cada lado de la entrada, con sus coloridos azulejos dando nombre “El Encuentro”, con ese pequeño escaparate que no entendía muy bien, pero que el dueño, el actual dueño, le había sacado partido exponiendo un atril de hierro forjado con la carta en un lado y el menú del día en el otro, y un pequeño quinqué que encontró en casa de sus abuelos. Según le contó Anselmo, el camarero que llevaba tantos años poniendo cañas como él bebiéndolas. Por suerte cambiaban los dueños, pero no, Anselmo, que se las había ingeniado para ser perenne.
Abrió la puerta, chirrió, alertó a unos cuantos jóvenes con esas culebras en la cabeza que llamaban “rastas”, que estaban al final de la barra, mirándole de soslayo. Giro sobre si mismo para poder cerrar el paraguas, mientras con esa innombrable parte del cuerpo, sujetaba la puerta semiabierta. Realmente tomaba un respiro. Debía tranquilizarse. Respiró profundamente, giro de nuevo, abrió la puerta de par en par y entró.
Estaba ahí, ahí mismo. No es posible. Esos rasgos atesorados minuciosamente en su cerebro veinte años atrás, eran los mismos, Su cara, su linda cara, su pelo, su sonrisa, su encantadora sonrisa. Esa sonrisa que le embrujaba imposibilitando que saliera un no, cuando le pedía algo.
Se acerco lentamente, con sigilo, de igual manera, que se da la primera caricia al amor soñado, de igual manera que …
El tiempo se detuvo y lentamente, con la misma paz que da mirar la mar en calma, las lágrimas surgieron de sus ojos, tranquilamente, sin tapujos, sin vergüenzas y por fin comprendió que esta vez sí había desaparecido para siempre.
La muchacha se le acerco sujetando cariñosamente su brazo a la vez que le daba un largo y profundo abrazo. Sabía el impacto que causaría en él aquel encuentro, pero por teléfono no hay gestos, no hay miradas, solo voz. Cómo contarle que su madre había escrito decenas de cartas, cuyo único fin de ser escritas, eran ser leídas únicamente por él.
Se sentaron despacio en la mesa del rincón, su preferida, ella siempre decía que al anochecer entraba la luz de tal forma que podía ver todo su encanto concentrado en una áurea de múltiples colores.
Y en esa mesa, en ese rincón comenzó a leer….
Está es la última carta que escribo, por eso a de ser la primera que leas.
Ironías de la vida. Este fatuo destino mío, hizo que a la semana de mi marcha me diagnosticaran una larga enfermedad, una enfermedad mortal. No te aflijas, no sufras por mí y escucha, escuchame, leyendo estas cartas.
Perdona, te ruego, te suplico que me perdones y me entiendas. El mundo se desintegro, nada tenía sentido, caí en una profunda depresión, que me costo casi la vida, un mes después supe que estaba embarazada, sólo una vida puede salvar otra vida, y así fue como Andrea me saco del mundo de los muertos. Andrea, mi vivo retrato ¿verdad? No puedo seguir escribiendo sin decirte que te amo, te amo profundamente. Lo supe un atardecer cuando repentinamente un torrente de lágrimas llenó mis ojos, por tanta pena, tanta angustia de no tenerte…
No tuvo fuerza para seguir leyendo.
Llovía, seguía lloviendo intensamente, el día ya no era grisáceo, había oscurecido y tuvo la certeza que ese, ese día y no otro, sería él más romántico de su vida y el más funesto.
Bajó las escaleras lentamente, abrió el paraguas y salió calle arriba. Grandes fachadas de edificios antiguos le iban saludando a su paso. Era tarde, no importaba, habían quedado en esa tasca donde al salir de clase pasaban horas y horas hablando de la política, de filosofía y de ellos mismos, especialmente de ellos mismos. Incluso años después, trabajando, quedaban un par de veces al mes. Tenían esa necesidad, se complementaban bien. Él, el raciocinio y el conocimiento. Ella, la espontaneidad y el sentimiento, era una amistad como pocas, tenían un vínculo especial, quizás comparable a esa amistad de adolescencia, sin trabas y sobre todo sin miedos.
¿Cuanto tiempo había pasado? No era capaz de recordarlo, tampoco importaba, sólo recordaba, como quien mira una vieja fotografía, el rincón donde se sentaron, la postura indiferente de su cuerpo y sus ojos mientras decía alegremente que tenia que dar un giro a su vida y por eso se marchaba.
Realmente no pensó que llegara a marcharse. Un pensamiento de los muchos que tenía y nunca llevaba a cabo, una de esas ideas suyas, estrafalaria y excéntrica que le contaba día sí, día también. No podía ser diferente a aquella vez que le expuso, como si de un mitin se tratará, que se raparía la cabeza y dejaría únicamente él suficiente pelo como para que se pudiera leer, Paz como protesta por la matanza que días antes se había producido en un país impronunciable de África.
Por ese motivo, cuando una semana después de su último encuentro, en el rinconcillo, como decía ella cuando le preguntaba, donde se sentaban; Le dijo, dentro de dos días me voy. Su corazón dejo de palpitar unos segundos, su cara quedó tan blanca, que ella no pudo por menos de soltar una carcajada y con ese brillo especial en la mirada, decirle. Me llevarás al aeropuerto ¿verdad?
Se preguntaba, mientras caminaba, como sería ahora su cara, de que modo el tiempo habría cambiado esos rasgos que se sabía de memoria.
Cuando sonó el teléfono, no conoció la voz, como hacerlo después de 20 años. Ni siquiera le preguntó el motivo de aquel reencuentro, únicamente quería verla de nuevo. Saber que paso. Saber porque no escribió. Saber porque le excluyo de su vida. Tras múltiples intentos y ruegos escritos en largas cartas, se dio por vencido. Todo lo que empieza tiene un final, y aquel vínculo había muerto con su marcha.
La vida siguió su curso, sin grandes sobresaltos, sin complicadas ecuaciones emocionales, sin grandes sorpresas. Se casó, era lo habitual, fue tan habitual, tan corriente, que acabo divorciándose, ahora disfrutaba de la soledad añorada en tantos años de un matrimonio aburrido y sin sentido.
Sólo tenia que girar la calle para llegar aquella plaza. La plaza regia, decía ella, es majestuosa añadía. Él sólo veía una vieja plaza empedrada, llena de columnas y soportales, que pedía a gritos una rehabilitación. Ella siempre alababa a los artistas venidos a menos que se dispersaban por cualquier lugar de la plaza, haciendo caricaturas y vendiendo cuadros. Él siempre sonreía diciendo que no veía artista ninguno.
No regresó en años, era tanta la añoranza y la melancolía, que cada vez, que intentaba pasear por la zona, sentía un pellizco en su corazón. Necesitó una gran cura, de tiempo, de qué si no. Para hacerlo de nuevo.
Ahora estaba allí, esta vez por ella, después de tanto años, otra vez por ella...
Un torrente de sentimientos olvidados o enterrados. Enterrados sentenció. Fluía de lo más profundo de su ser.
Se acordaba de la excitación que le causaba, citarse en aquella pequeña pero acogedora tasca. Esperar, pagar siempre. Como las horas, siempre, se convertían en minutos, mientras ella le contaba divertida sus últimos escarceos amorosos o discutían si el actual gobierno manipulaba o no, la opinión pública.
Nunca sería suya, lo sabia con tal seguridad que ni siquiera pensaba en ello. No importaba, escucharla, mirarla, escudriñar milímetro a milímetro su cuerpo, sus ojos, sus manos, sus gestos, hacia que su corazón levitara durante días hasta el próximo encuentro.
Con el paso del tiempo, llegó la evidencia.
Era ella y sólo ella quien estaba en un halo de invisible consciencia. Y era ella y sólo ella a la única mujer que realmente había amado.
La fachada de la tasca le encandilaba, era una fachada añeja, de madera, pintada de rojo, con grandes cristales a cada lado de la entrada, con sus coloridos azulejos dando nombre “El Encuentro”, con ese pequeño escaparate que no entendía muy bien, pero que el dueño, el actual dueño, le había sacado partido exponiendo un atril de hierro forjado con la carta en un lado y el menú del día en el otro, y un pequeño quinqué que encontró en casa de sus abuelos. Según le contó Anselmo, el camarero que llevaba tantos años poniendo cañas como él bebiéndolas. Por suerte cambiaban los dueños, pero no, Anselmo, que se las había ingeniado para ser perenne.
Abrió la puerta, chirrió, alertó a unos cuantos jóvenes con esas culebras en la cabeza que llamaban “rastas”, que estaban al final de la barra, mirándole de soslayo. Giro sobre si mismo para poder cerrar el paraguas, mientras con esa innombrable parte del cuerpo, sujetaba la puerta semiabierta. Realmente tomaba un respiro. Debía tranquilizarse. Respiró profundamente, giro de nuevo, abrió la puerta de par en par y entró.
Estaba ahí, ahí mismo. No es posible. Esos rasgos atesorados minuciosamente en su cerebro veinte años atrás, eran los mismos, Su cara, su linda cara, su pelo, su sonrisa, su encantadora sonrisa. Esa sonrisa que le embrujaba imposibilitando que saliera un no, cuando le pedía algo.
Se acerco lentamente, con sigilo, de igual manera, que se da la primera caricia al amor soñado, de igual manera que …
El tiempo se detuvo y lentamente, con la misma paz que da mirar la mar en calma, las lágrimas surgieron de sus ojos, tranquilamente, sin tapujos, sin vergüenzas y por fin comprendió que esta vez sí había desaparecido para siempre.
La muchacha se le acerco sujetando cariñosamente su brazo a la vez que le daba un largo y profundo abrazo. Sabía el impacto que causaría en él aquel encuentro, pero por teléfono no hay gestos, no hay miradas, solo voz. Cómo contarle que su madre había escrito decenas de cartas, cuyo único fin de ser escritas, eran ser leídas únicamente por él.
Se sentaron despacio en la mesa del rincón, su preferida, ella siempre decía que al anochecer entraba la luz de tal forma que podía ver todo su encanto concentrado en una áurea de múltiples colores.
Y en esa mesa, en ese rincón comenzó a leer….
Está es la última carta que escribo, por eso a de ser la primera que leas.
Ironías de la vida. Este fatuo destino mío, hizo que a la semana de mi marcha me diagnosticaran una larga enfermedad, una enfermedad mortal. No te aflijas, no sufras por mí y escucha, escuchame, leyendo estas cartas.
Perdona, te ruego, te suplico que me perdones y me entiendas. El mundo se desintegro, nada tenía sentido, caí en una profunda depresión, que me costo casi la vida, un mes después supe que estaba embarazada, sólo una vida puede salvar otra vida, y así fue como Andrea me saco del mundo de los muertos. Andrea, mi vivo retrato ¿verdad? No puedo seguir escribiendo sin decirte que te amo, te amo profundamente. Lo supe un atardecer cuando repentinamente un torrente de lágrimas llenó mis ojos, por tanta pena, tanta angustia de no tenerte…
No tuvo fuerza para seguir leyendo.
Llovía, seguía lloviendo intensamente, el día ya no era grisáceo, había oscurecido y tuvo la certeza que ese, ese día y no otro, sería él más romántico de su vida y el más funesto.
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